Quietud

¿Quedarnos quietos?

¡Uy! Qué difícil es quedarnos quietos, estamos acostumbrados a jugar a las carreritas con el tiempo, nos enseñaron a hacerlo casi desde el día en que nacimos, nos prepararon impropiamente para una vida que evidentemente no se detiene, que está en completo movimiento y que cuando aparentemente nos sentimos listos para afrontarla todo allá afuera cambió. Algo así como cuando aprendes las respuestas para los exámenes y te cambian las preguntas en el último momento; sientes que el estómago se te congela y tiendes a mirar a la derecha y a la izquierda en señal de encontrar apoyo en el que tienes al lado que seguramente se siente igual o más perdido que tú. Nunca hemos pensado que si la vida no se queda quieta, alguien tiene que parar porque si no lo hacemos, algo nos tiene que obligar a hacerlo y ese algo, por lo general, son circunstancias que no las deseamos.

Cuando vivimos situaciones difíciles, ellas llegan sin previo aviso y de manera rápida, eso por supuesto genera incertidumbre y nos armamos escenarios supertrágicos en la mente, nos invade miedo, desconfianza, ansiedad y todos esos estados nos colocan en la preocupación que de manera recurrente nos lleva a preguntarnos “¿Y si…?” Y si no paso el examen, y si no me llaman para el trabajo, y si mi novia me dice no, y si mi amigo me traiciona, y si mi hermana me miente, y si estalla la guerra, y si tengo cáncer. Y mientras los “y si” aumentan, la vida sigue en movimiento sin darnos el permiso de ser nosotros quienes paremos.

Comprendo que hay momentos donde no podemos frenar y mientras corremos debemos decidir violentamente si tomamos el camino de la derecha o de la izquierda porque si vamos recto nos estampillamos, pero en la mayoría de los casos no estamos ante situaciones de tanta presión y solamente respondemos impulsivamente a ese aprendizaje temprano de correr, correr y correr sin pensar hacia dónde vamos.

No nos enseñaron a valorar la quietud y tampoco hemos tenido voluntad propia para conocer todas sus virtudes. Así como la tierra debe descansar y no ser trabajada durante unos meses para que luego dé mejor fruto; las personas debemos hacerlo, si no paramos en algún instante, nuestra vida erosiona y no podemos entregar lo mejor de nosotros porque estamos desgastados al igual que la tierra. ¡Caramba! que yo lo entendí a palos…ha sido necesario sucesos duros para hacer un alto prolongando, experimentar literalmente el poder de la pausa, que es el subtítulo de mi último libro, “Cuatro minutos conmigo…El poder de la pausa”, saborear la quietud y dejar que la lección me alcance.

En esa quietud profundicé el significado de “por nada estéis afanosos” (Fil.4:6); no te inquietes, no te aflijas, llámalo como quieras pero el significado es el mismo….quietud.

La quietud es un estado de reposo, de confianza absoluta, de reconocer que aunque las cosas no estén tan bien como queremos Dios es Dios… “estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10).

Cuando estamos quietos saboreamos un estado inentendible de tranquilidad, que nos abraza en la tormenta y no te mueve de un lugar seguro. Esa paz y esa quietud guarda nuestros pensamientos del “y si…” que generalmente nos paraliza. Nos paraliza porque lo que empieza con un pequeño hilo de pensamiento se convierte en una madeja de ansiedad, miedo y angustia porque mientras ajetreados estamos, más confundidos nos sentimos y todo el bullicio de alrededor nos ensordece opacando esa voz apacible que te dice: calma, yo estoy en control…solo para y quédate quieto.

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